Cuanto más mayor me hago, más me vuelvo un escéptico social. No es que me haya caracterizado nunca por ser un modelo de extroversión, pero estas últimas semanas estoy sufriendo lo que yo denominaría una crisis empática. Me explico.
Durante toda mi vida siempre he sufrido un mal. Bueno, quizá algunos no crean que sea un defecto, pero normalmente lo suelen pensar así personas que son totalmente lo contrario y por tanto no se ven afectadas por ello. Este mal algunos lo llaman “es que es buena persona”. Yo lo llamo (me llamo), directamente, “es que es un gilipollas”. Las personas que sufrimos este mal solemos intentar siempre agradar a los demás, no crear ni incentivar conflictos, y casi nunca decimos “no” incluso a costa de realizar actos u omisiones que no nos agradan o que no nos apetecen. Esto da como resultado inevitable la aparición de personas a tu alrededor que se vuelven parásitos, vampiros de tu empatía. Y digo vampiros porque te absorben, te “chupan” (puede ser tiempo, dinero, energía, etc.) e incluso en ocasiones pueden llevarte a trastocar tu propia personalidad. A esta clase de gente yo los clasifico en dos grupos: los que lo son con plena consciencia (lo cual les valdría unos adjetivos calificativos que no voy a poner por pudor bloguero) y los que lo son sin percatarse de ello. Pero no nos engañemos, si algún culpable hay de ser una fuente de la que estos subgrupos beben es la misma persona que se deja parasitar.
Este pedazo de rollo pseudo-psicológico que acabo de soltar es una especie de disclaimer anterior a lo que quiero contar en este post. Dado que estos días estoy en una fase (que se repite temporalmente de vez en cuando, y que no suele servir de nada porque invariablemente no cambiamos este aspecto de nuestra personalidad que tanto nos incomoda) que yo denomino “de despertar”, de darse cuenta de algunas cosas que como norma general vas obviando hasta que revientas, puede que esta situación influya en lo que voy a contar seguidamente (y también en cómo lo cuento). Al final de este post también volveré a enlazar con todo esto y quedará más claro el motivo de este inciso.
Vayamos pues al grano. Se da la casualidad, por circunstancias que no vienen al caso, que desde hace un tiempo paso algunas horas a la semana en una biblioteca pública. Un lugar donde se supone que la gente viene a leer, a estudiar, y en los últimos años a usar el portátil para navegar por internet de manera gratuita a través de la wifi que suelen ofrecer estos espacios. Hasta aquí todo correcto. Coincidiréis conmigo en que todas estas actividades requieren del mayor silencio posible. Y yo, con esta personalidad (no sé si acertada o no) de siempre intentar cumplir las normas de convivencia y de respeto por los demás, tiendo a creer que todos (más o menos) son iguales en este aspecto. Y entonces es cuando vienen las sorpresas.
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